Florencia, el placer es todo mío

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Después de admirar la grandiosidad de la Catedral de Santa María del Fiore, maquillada ella con su verde esperanzador, rojo pasional y su mármol impoluto, de detenerme en el Ponte Vecchio a respirar la frescura del río Arno, de intentar conquistar al David de Miguel Ángel en la Piazza della Signoria, sentada entre Perseo y el Rapto de las Sabinas, de viajar en el tiempo en la Galería Uffizi y mucho después de arrojar con todas mis fuerzas, más de una vez, monedas en la Fontana del Porcellino para acertar en el tiro y poder volver a esta pintoresca ciudad, hay un rincón, en toda Florencia, que me empapa de su essenza y la hace recorrer por todas mis venas.

Un lugar en el que los turistas, y no tan turistas, van para dejar que la señorita Firenze les muestre su lado más íntimo a la luz del atardecer, con la música de un joven guitarrista a lo alto de las escaleras, que parece tocar más por placer que por oficio. Así, sentada en la Piazzale Michelangelo, con una copa de vino en una mano y muy buena compañía al lado, disfruto de las vistas pensando hacía mis adentros: Signora, il piacere è tutto mio. Porque no hay nada mejor que estar en ese precioso lugar en ese idóneo momento. Rodeada de los coquetos besos que se dan las parejas sentadas alrededor, las risas de varios amigos, los susurros de los más curiosos y las miradas atónitas y totalmente seducidas de los que están saboreando con la vista esa ciudad a la que un día los romanos llamaron Florentia, “florecimiento”. Y así, todos nos quedamos contemplando el gran rosal en el que se ha convertido, con sus margaritas, orquídeas, girasoles y amapolas infiltradas. Un gran ramo de flores, de distintos colores y olores, que parece regalarte la misma Venus, cómo no la Diosa del Amor, allí mismo obsequiándote con una experiencia casi divina.

You may say I’m a dreamer, but I’m not the only one… Parece que el atrevido melómano que nos está obsequiando a todos con el sonido de sus seis cuerdas escucha nuestros pensamientos y se pone a tocar Imagine de John Lennon. Cómo no puedes pensar en ese preciso momento que sí es posible un mundo en el que las personas puedan vivir en paz. En esas escaleras, con esa coqueta Firenze enamorándonos a todos, deseando alargar ese delicioso momento hasta conseguir hacer parar el reloj. Solo el frío y cada vez más la falta de luz pueden hacerte abandonar ese lugar para bajar de nuevo a la ciudad no sin antes pararte al final de la Viale Giuseppe Poggi para alzar la vista y contemplar una vez más el trono desde el que estabas sentado, cual heredero de Julio César y de su Imperio. Qué más da la tradición popular en la que fervientemente creía horas antes al frotar el hocico del jabalí de la Fontana del Porcellino y los dos euros perdidos, en monedas de veinte céntimos, intentando acertar desde su boca en la rejilla de la fuente. Qué más da que muchos digan que así te aseguras de volver a la ciudad. Tú ya sabes, después de haber estado sentada en esas escaleras a lo alto de Florencia, con esa luz al atardecer y esa música embaucadora, con esa copa de vino y esas vistas de película que volverás allí, diga lo que diga la leyenda, para detenerte en ese mismo lugar y ser tan afortunada de tener una nueva cita con esa dulce señorita italiana, para que te deje oler otra vez sus flores, y pensar a hacia tus adentros, una vez más, que el placer es todo mío.

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